lunes, 6 de octubre de 2008

Lápiz gastado

El silencio ha llegado, se instaló por unas horas, solo quedan ruidos intermitentes de autos que circulan relativamente cerca, a solo algunas cuadras de allí. Ella escribe. Nunca nadie le enseñó a escribir, aprendió sola, como muchas tantas otras cosas. Jamás le interesó conocer los lenguajes modernos vinculados a los mensajes de texto y simplificaciones de televisión; “pereza ideológica” escucho decir en una de las charlas que organizan los muchachos del barrio, sus únicos amigos, algunas noches.

En sus primeros años de escritora, su mirada estuvo en sus propios relatos de vida, como una cronista juvenil que narra su historia en personajes que imagina o que quiso desear imaginar. Con el correr de los años, sus letras comenzaron a cambiar, tal vez la letra personal sea una armonía en octava del recorrido histórico de la vida de uno mismo. Con el tiempo todos los sujetos que hacen arte cambian, cambian sus ideas, la forma de expresarlas, cambian sus deseos, cambian hasta sus ganas de crear, porque su personalidad común y cotidiana se va fusionando lentamente con la personalidad artística del mismo sujeto. La persona cotidiana y el artista están juntos guardados en un mismo armario, cuando el sujeto es adolescente se viste con el traje que debe ponerse para cada momento. Pero cuando va creciendo, la remera está hecha de persona y el pantalón de artista. Por eso es alucinante ejercer las artes, pero muy conflictivo también. No es fácil aceptar ni esa remera ni ese pantalón, muchas veces a los pintores de cielos, jilgueros humanos, captadores de momentos; les gustaría vestir de pijama y pantuflas, para liberar un poco la mente, tan presionada por el corazón que obliga a crear constantemente. Liberar la mente de lo que se conoce como Inspiración; pero de eso no se puede escapar, la inspiración domina cualquier corazón. “Será que la lucidez es un rayo que raja las pieles de cada uno de nosotros, un rayo que se propone abrirnos la mente para que ingresen esos vientos tan afinados que producen la creación como tormentas juveniles. O será que nos pasamos la vida tratando de imitar esos años vírgenes de dolor y blindados contra la desesperanza. Tal vez, el arte sea como el amor. Nos enamoramos una vez, no advertimos ese amor ni lo apreciamos, lo subestimamos, y después nos pasamos la vida tratando de imitarlo, buscamos identificamos, comparamos, de eso se trata, comparar. Como histéricos necesitados de castigos, como queriendo castigar el extremo singular, nuestro acceso al aura”, fue lo ultimo que Anita Machado escribió en su diario.

Desconfía de dios bastante seguido. Viene de una familia atea y escéptica en nociones generales, del espíritu y de la realidad, para ellos, el alma se ampara en el desierto personal, se nutre de la realidad y de la experiencia, “solo creo en mi” recuerda decir a su padre tambaleándose con los ojos color sangre, aunque, lo poco que le enseñaron fue arrastrado por las aguas del tiempo.

Hace años que Anita Machado se mudo a zona oeste. Eligió esa comarca por el barrio, familiero de día, solitario de noche. La tranquilidad se desprende de las cuatro plazas, concentración de escuelas primarias, mateadas de parejas y vendedores de flores y otros productos adaptándose a la fecha. Lugar de mercaditos, cerrajerías, panaderías, kioscos, talleres mecánicos; trabajadores de barrio para comercios de barrio. Las oriundas calles no conocen esos ruidos tan humeantes de los colectivos, para eso esta Mendoza o San Juan, carreteras que funcionan como arterias comunicativas con el centro. Durante el día hay silencio, durante la noche, mucho mas silencio. Anita ya conoce esas mañas naturales, y por eso su creatividad literaria solo se gesta cuando la luna conquista los cielos, será porque de día trabaja, (a veces también trabaja de noche) o será que cuando llega la noche es el instinto feroz que la convierte en depredadora de ideas, en maquina de hacer voces.

Su despertar lo deciden los chicos que van llegando para entrar a la escuela. También los pequeños comercios, que abren sus puertas cada día soñando vender más que ayer. Anita prefiere el verano, aunque tenga poco trabajo, los chicos están de vacaciones y puede dormir hasta tarde postergando su labor hacia el atardecer. Cada mañana toma su coche y sale a buscarse el pan. En cada esquina, en cada rincón, en cada desecho familiar hay un motivo para que Anita Machado consiga realizar sus obligaciones diariamente. Es independiente, puede faltar las veces que quiera, aunque sabe que no puede aprovecharse mucho, porque su sueldo, como el de la mayoría de los que están en negro, es proporcional a las horas que trabaje.

Los vecinos ya la conocen, creen conocerla, o dicen conocerla. Mitos barriales adornan su historia de vida, chismes de peluquerías y chucherías de puertas y silletas acompañadas de mates y facturas. Algunos afirman que era una mujer hermosa y que una tarde su marido la encontró en la cama con un tipo y que le pego tanto que casi la mata, y que después de eso, la dejo sin nada. Otros dicen que se volvió loca después de enterarse que su marido había derrochado todo en los caballos (que inclusive apostaba en una mesa de cartas los sábados por la noche). También están los optimistas que comentan que Anita dejo a su marido y se fue con un tipo y que éste muchacho la dejo por una pendeja, la hija de Tita Pendica, una vecina a quien Anita le hacía los mandados y a cambio la señora le barría la vereda día por medio.

Anita Machado viene de una familia humilde, su madre era maestra de tercer grado, enseñaba lengua en la escuelita del viejo barrio donde vivía, en la zona sur, al límite con Baigorria. Su padre era un vago. Se pasaba todo el día en el antiguo club Aurora, a unas cuadras de su casa, apostando y emborrachándose con sus amigos. El club de bochas que fuera orgullo del barrio por ser cuna de la dupla campeona interprovincial de Bochas año 1962, pasó a ser un ingrato recuerdo de los brillantes días en que el deporte y las distracciones hicieron del recinto un sitio de agrado para convertirse en un refugio de jugadores, tahúres, embaucadores, y dios sabe que más.

Siempre eran los mismos, el viejo Julio, Pirulo y el dueño del buffet, el manco Carlitos, aunque a veces aparecían otros señores buscadores de azar de otros barrios y se armaban épicos partidos que luego se comentaban anecdóticamente en los asados de los viernes. Horas y horas jugando a la casita robada y apostándolo todo, mientras la cerveza fomentaba el orgullo ilusorio ganador de los señores soñadores. Ese orgullo que aumenta cada vez más a medida que las derrotas se acumulan, mientras más se pierde, más se cree poder ganar.

Dicen que el viejo Julio en una época tenía una gran heladería artesanal, a pocas cuadras del club, pero que una noche, en una de esas rachas adversas lo apostó todo, y así, lo perdió todo. En una de las manos más terribles y cargadas de la noche, el viejo apostó la receta del Sambayón que había traído su abuela después de la segunda guerra mundial en un barco lleno de inmigrantes. La heladería de Julio se llamaba “La Samba de John”, por el famoso Sambayón artesanal que hacía la heladería y por su fanatismo hacia Lennon.

Tito tenía un nieto que jugaba al futbol en las divisiones inferiores de Newell’s, era el orgullo de la familia. Este muchacho apostó el pase del pequeño promesa. Su familia lo desheredó después de esa tarde de borrachera cuando pensó que tenía el partido ganado.

Anita recuerda los años de niñez como momentos desagradables de su vida, aunque siente mucha nostalgia por no haber visto nunca más a su madre y a su hermana. Tuvo que escapar, tuvo que huir de su hogar para encontrar un verdadero hogar. Todo lo que sabe, lo aprendió de la naturaleza, de las matemáticas cotidianas obligatorias y esenciales, de las relaciones educativas directas que se renuevan en una sociedad, de su grupo de amigos, que a pesar de no verse tan seguido, desde hace tiempo se juntan a despedir el año, rogando por tiempos mejores mientras trozan el pan dulce. “Hoy esta fresco” o “como anda esa tos” son los hilos discursivos mas frecuentes que mantiene con los vecinos del barrio.

Desde hace mucho tiempo, en el patio de una de las escuelitas del barrio, se hacen encuentros literarios organizados por Gloria, una de las maestras del colegio. Una gran olla de mate cocido y pan casero, lecturas de cuentos y poesías inician los encuentros, y después, una hora de debate a tema a abierto. La lista de asistencia es muy variada, chicos que recién empiezan a escribir, vecinos, algunos maestros y maestras de la escuela, y también dicen presente varios mendigos que disponen de tiempo y utilizan ese momento para disfrutar de la merienda. Serán alrededor de quince, o veinte todos los viernes. Una vez, llegaron a ser como cincuenta. El dueño de la panadería mas conocida del barrio, Don Miguel, gano la lotería y dono siete docenas de facturas. El boca en boca de los peregrinos callejeros no se hizo esperar y se acercaron más de cuarenta y pico para compartir esa memorable tarde.

La reunión comienza cuando Gloria pregunta quién quiere leer algo, enseguida alguien se ofrece y le ceden la palabra. Generalmente los que leen sus creaciones son siempre los mismos, eso no significa que los demás no escriban, sino que, aunque Gloria siempre los incentive a leer, a muchos les avergüenza mostrarles a todos lo que hacen. El hecho de hacer público un arte personal para algunos es muy especial, como una especie de rito donde predomina el temor a la desbastadora crítica facilista que ejerce cualquier boludo sin respetar el amor que el artista tiene de su hijo, su tesoro mas preciado, su obra.

Hace más de veinte años que Gloria disfruta de su profesión. Le encanta trabajar con chicos, sobre todo, con aquellos niños indisciplinados a quien sus padres tienen casi abandonados, a la deriva del destino. Su método es el dialogo constante, desestima los castigos, ella dice que lo que aprendan los chicos muchas veces queda de lado, piensa que para que ellos sepan aprender hay que saber enseñarles. Lo que más le enoja es que se copien en las pruebas, y sobre todo, que falten. Los otros maestros están convencidos de que Gloria debe ser la directora, por su dedicación y amor a los chicos, amor retribuido, porque ellos también la quieren mucho.

Para Anita, Gloria es como su segunda madre…o la primera. De la mano de ella, Anita aprendió a escribir, a compartir y a deshacerse de sus dolores, de querer y de también sentirse querida, respetada, consolada.

Su carrera como escritora empezó desde pequeña, sin métodos ni teorías literarias, sin incertidumbre intelectual ni búsqueda de un futuro mejor. Anita escribía diálogos que escuchaba, o lugares que veía, plazas, bicicletas, comidas, o simplemente su hogar, sucesos de gente común en lugares comunes. Siempre desde la mirada de una pequeña niña que adquiere conocimientos y experiencias de todo lo que sucede a su alrededor, la mirada de una niña que lo observa todo y también lo cuenta todo, como una periodista juvenil, como una cuentista adulta.

Alguna vez escribió: “había una vez una nena, María, que se sentía sola, muy sola. Un día llego a su casa muy tarde. Estaba asustada, porque sabía que sus papás podrían estar preocupados por ella. Al llegar, entró despacito para evitar llamar la atención. Llegando a su pieza para acostarse rápido y que nadie la viera, escucho a su madre gritar con prudencia y a su padre murmurando. Fue a ver que pasaba. Cuando entró a la pieza de sus padres, lo primero que vio fue a su madre llorando en un rincón, acurrucada por el terror. Terror que su padre evadía por la perversión, su padre, símbolo de amor y cuidado, de supuesta protección natural hacia sus hijas, estaba metiendo su mano entre las piernas de su hermana, y la acariciaba por todo el cuerpo. Ella solo decía “para papá”, pero su padre no solo la seguía tocando sino que también le sacaba la ropa lentamente. María pensó en decirle que dejara a su hermana tranquila, también deseo hacerle daño, mucho daño, al ver a su hermana casi vencida tratando de defenderse, mientras su papi le tapaba la boca para que se callara. María no tuvo miedo, porque ya había visto que su padre había hecho lo mismo con su mamá alguna vez. Así que corrió, corrió lo más rápido que pudo y nunca más quiso volver a su casa. María fue feliz, se hizo amiga de los gorriones y de los árboles.”

Anita Machada ya se jubiló. Tuvo que abandonar su profesión, esa que eligió por descarte, escapar de su casa y vivir en la calle de ilusiones y de restos de comidas ajenas, o quedarse en ese hogar que su padre, a causa del alcohol transformaba en un infierno.

Nunca pudo conocer el circo; el mar, un beso con amor, la puntualidad, un vuelto de más, una reunión de padres, un despertador, un cumpleaños feliz. Jamás pudo quejarse de alguna comida mal condimentada, de una cama sin hacer. Solo conoce la estimulación, los códigos sociales, mendigar para comer, sobrevivir para entregarle al corazón el oxígeno necesario para bombear la sangre suficiente que los pulmones exigen en el esquema imperfecto de la biología humana, biología desigual que no entiende nada de relaciones sociales, que no discrimina el acceso que cada uno tiene al obligatorio nutrimento. Esos sistemas digestivo e inmunológico que desarticulan las conciencias en beneficio de su supervivencia. Si no existiera el hambre, no existiría la desnutrición.

Ya no recuerda su infancia. Su futuro que se aleja día a día de lo eterno, se concentra en los encuentros que Gloria hace en la escuelita, allí se siente escuchada y respetada por su maravillosa prosa, y por lo menos, se asegura la comida de los viernes. Cada fin de año, con sus amigos, esos mendigos que duermen en camas improvisadas en los banquitos de las cuatro plazas, junto a la suya, se reúnen para despedir el año. Lo festejan con pan dulce, vino y algo que los vecinos puedan contribuirles. A las doce en punto, se sorprenden como cada treinta y uno de diciembre, de los fuegos que pintan el cielo y se ponen a adivinar de qué color serán esta vez.

La calle le enseñó a sumar, a escribir y a odiar a dios cada vez que el frío de julio le lastima la piel, donde lo caliente se entibia rápidamente cuando su sangre emerge de su cuerpo para convertirse en su única compañera, su espíritu santo en su mundo maldito. Anita la mendiga, la vagabunda, la callejera, la del carro, Anita Machada, ahora, solo Anita, la que pide mientras las vecinas más chismosas se preguntan que escribirá día y noche en esos diarios viejos, con ese lápiz gastado.



Julián

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Está buenisimo entrecerrar los ojos y ver como se forman grietas entre medio de estos textos...

Julián Rossi dijo...

Muchas gracias por tu poético comentario. Me alegro que puedas concebir esas grietas.

Anónimo dijo...

Muy lindo Juli. Presiento que todos tenemos algo de Anita. No me lo habrás escrito a mí, no? Un besote.

Anónimo dijo...

Movilizarnos a partir de lo que no tenemos, ahí esta el arte. El poeta esta insatisfecho. La poesía se crea por la necesidad de persistir. Me gustó, sobre todo porque en cada fragmento mis ánimos varían. Seguí así. Nos vemos el martes. Un beso grande.

"vivir siempre"

Flora

Anónimo dijo...

Cuantas anitas deben haber por esquina