jueves, 18 de febrero de 2010

Quien quiera creer que crea

Creer en el viento, en la sal, en los espejos.
Creer en la distancia, en el sabor que se hace añejo.
Creer en la nostalgia que producen los jilgueros
Creer que uno puede descubrir otros senderos
Es querer crear creer.

Crear un mapa con lugares que añoramos
Crear cien mil colores para irnos conquistando
Crear como una antena que concentre la energía.
Crear el tacto lento y morirnos de poesía.
Es creer querer crear.

Querer calmar el frío en los rincones de la casa,
Querer volver al nido cuando el miedo nos alcanza.
Querer amar de nuevo y sumergirse en el olvido;
Querer sentirse viejo, aun sentirse vivo.
Es crear querer creer.

Creer en la risa, en la sinfonía del ocaso.
Creer en las sombras, en el amor de un abrazo.
Creer que uno muere para ir amaneciendo
Creer que uno nace para irse evaporando
Creer que uno siente para continuar soñando
Es poder creer que uno crea cuando quiere.


J.R

martes, 15 de diciembre de 2009

El Renacimiento


no stan muridus lus páxarus
di nuestrus bezus/
stan muridus lus bezus/
lus páxarus volan nil verdi sulvidar/
Juan Gelman



Mi intención no es alarmarlos, pero creo que me voy a morir. Sí, se que me voy a morir y además conozco la causa de mi muerte y sus indeclinables razones. Hace meses que cuando llega la noche, siento dolores muy fuertes en la cabeza, en el interior de mi cabeza; como si me doliera la mente. Y sospecho que la punzada me enviste cuando empiezo a pensar en una sola cosa…en morir.
No es que estoy todo el día pensando en eso, pero últimamente estuve reflexionando sobre ciertas cosas referidas a ese incierto e ineludible futuro haciéndome algunas preguntas; como será ese oscuro ser que me tomará por sorpresa una tarde cualquiera. ¿Será cortés, malo, horrible, o amistoso, educado? Lo único que sé es que vendrá, me tomará de las orejas y me llevará a ningún lado porque cerraré los ojos y jamás volveré a despertar. Como las flores que caen muertas de los árboles urbanos. Ya en su estado marchito, un caminante cualquiera en su andar, coloca su zapato sobre la agonía de la flor, matándola u olvidándola después de muerta.
No creo en el cielo, ni de los humanos, ni de los animales, ni de las plantas. Cuando era un poco mas chico creía en el cielo de la música. Cuando repetí quinto grado, mi mamá, ante la vergüenza que significaba ante sus amigas del club que su hijo mayor repitiera, agarró mi guitarra y primero le rompió las cuerdas, luego arrancó el puente y mas tarde comenzó a prenderla fuego desde el mástil. Mi papá apagó el incendio cuando la llama ya le había quitado la vida. En ese momento, yo estaba jugando al fútbol con mis amigos en el pasaje primavera. Llegué y no lo podía creer. Era irreversible. La guitarra era demasiado vieja para soportar quemaduras de tercer grado. Mi padre me sentó en el borde de su cama, y para detener mis lágrimas que desbordaban cualquier río, me dijo que ya estaría en el cielo, que los difuntos músicos habían deseado la muerte de mi querida amiga, ya que allí había mucha demanda de instrumentos, sobre todo de guitarras.
Voy a morir. Y nadie puede evitarlo. Es que cuando llega la noche, mi corazón acelera su pulso a tal punto que pongo Cantata de puentes amarillos, salgo al jardín, prendo un cigarrillo y espero al mismo demonio que me venga a buscar. Eso sí, me aseguro de no perder toda la lucidez porque si me sorprende de repente, me gustaría oler por última vez el jazmín que crece en el cantero principal, y además, no creo que le moleste esperar a que termine la canción, en última instancia, le ofrecería un cigarrillo para entretenerlo.
No se si estoy todo el día pensando en ella, en la mismísima muerte, pero se que perdí demasiado tiempo especulando que era inmortal. Maldita omnipotencia juvenil que manipuló todos mis actos. Uno a esa edad cree que no solo nada puede afectar su físico, sino también, que la sabiduría es exacta por demás de las opiniones ajenas. A esa edad, uno ve a la muerte tan lejana, símbolo del espanto al fin, pero postergada por las ambiciones que uno de joven proyecta. Esos sueños que uno inventa, ilusiones que viajan en burbujas desde lo onírico hasta lo lucífero. Allí quedamos hipnotizados por las ganas de ser alguien, alguien para aquel, para otros. Entonces desviamos nuestra integridad moral y dañamos la autoestima. El tiempo en su viaje, nos demuestra cuanto nos autodestruimos al pensar que somos lo que los otros ven de nosotros. Lo que los otros quieren que seamos, o lo que creemos que los otros quieren que seamos.
Ahora la veo tan cerca, la siento tan cerca, como las primeras brisas que aparecen para avisar que la tormenta está por llegar. Tengo la certeza de que en cualquier momento voy a desvanecerme. El dolor es pasajero pero muy impetuoso. Así que, prefiero no especular demasiado; prenderé un cigarrillo, y con Blackbird de fondo, lo voy a disfrutar como jamás lo hice. Si me tengo que ir de este mundo, quiero que sea un momento radiante, original e irrepetible.
Al estar tan al límite ahora reflexiono sobre algunas cosas. Siento pena por no poder haber sido mejor tipo, o menos peor tipo, en fin, ojala que si me recuerdan, sea porque extrañan al buen asador, o al hablador insoportable que imponía temáticas demasiadas serias para la ocasión. Que recuerden aquel tipo solitario, que odiaba los velorios tanto como los noticieros de los mediodías, aquél que al fumarse un porro intelectualizaba; solo pero con el oído de las amapolas y la mirada atenta de las lechuzas, en esa soledad que uno elige imaginar por evitar compañías en otra frecuencia. Es que, al estar solo concentrando la energía de un único cuerpo humano, uno no percibe que hay otros cuerpos, otras energías, otros colores que producen aromas hermosos y placenteros. Es la soledad ideal. Es la soledad ideal encontrada en un espacio ideal.
Será que cuando uno esta al borde de la muerte recuerda cada acto de su vida con mucha precisión, pero sobre todo, aparece el remordimiento por esas decisiones que por cobardía, erróneamente eligió. La muerte en su visión menos sombría es agradable. Y eso tal vez ayude a comprender a los suicidas. Lastimarse de a poco por sentir la soledad mas hija de puta que puede existir, es absolutamente un acto de resistencia. Es soportar el dolor en una especie de competencia con el propio ser agresivo que llevamos dentro. La muerte entonces, no es más que suplicar la atención de los seres que amamos pero que muchos no lo saben, o no lo soportan. Es como un día de cumpleaños, es un día nuestro. Es el día en donde tal y tal recuerda que uno murió. ¡Pero hay tantos que se olvidan de nuestro cumpleaños! Pero la muerte tiene una dosis de misericordia bondadosa; ellos penan por nosotros, ellos sufren por nosotros, ellos se arrepienten de la mierda que fueron con nosotros.
Voy a cambiar, quiero escuchar La Maquina de Hacer Pájaros, prenderé un cigarrillo y me voy a sentar en el ventanal que da al jardín para disfrutar de la lluvia.
Tengo miedo, mas miedo que nunca. Pero no sabría si me despierta terror el hecho de amar la vida o no saber que será de mí cuando solo sea un cuerpo desvanecido, aunque siempre tuve una hipótesis que me es convincente. Me voy a descomponer como la flor que se marchita irreversiblemente. A sufrir esos zapatos en mi pecho, de esas personas que siempre me tienen olvidados. Me van a velar, mis posibles seres queridos llorarán, mis enemigos se harán los serios lamentando la noticia, pero se sonrojarán dentro suyo como símbolo de justicia divina. Espero que mis amigos me hagan caso. Les pedí que se juntaran a comer un asado y que recordaran los momentos más nuestros que hayamos vivimos juntos. Que sean los nuestros; esos pequeños momentos salpicados de complicidad y propios códigos lingüísticos, de situaciones críticas en donde al pedido de una mano, desbordaban brazos, espaldas y oídos. Y esas inagotables anécdotas que a veces atacan la integridad y hasta el orgullo de alguno de los muchachos. ¡Como nos encantaba correspondernos con silbidos o aplausos!, de eso se alimentó la amistad; desde luego.
Me voy a prender un cigarrillo y para aferrarme a mi incierto porvenir, voy a leer un poema de Juan Gelman que me encanta. Ese que con una prosa mágica y exquisita, plantea la posibilidad de un mundo en donde Dios es mujer.
Me acuerdo de mis viejos en la casita que se compraron en barrio Parque. Me pasaba todas las tardes en el patio de atrás. Era inmenso, ideal para jugar a la pelota e inventar cosas con algunas maderas, cables y herramientas de Papá. Autitos, aviones hasta con luces de colores. El jaulón lleno de pájaros. Tardes y tardes oyéndolos cantar. Jugando a reconocer cada canto, jugando a que cantaba con ellos. Una tarde se me dio por abrirles la puerta del jaulón. Todos huyeron menos el Jilgero y el Zorzal. Era temporada de lluvia, las tormentas son fuertes y dormir en los árboles es un poco arriesgado. Por eso supongo que decidieron quedarse, allí se sentían refugiados, allí recibían amor constante de unos humanos que le proveían alimento, agua y algún medicamento si lo precisaran. Pero fue muy difícil comprender como un pájaro en su instinto más puro, en su necesidad de ejercer la libertad más oriunda decide permanecer en una jaula, teniendo la posibilidad de desplegar sus alas y danzar entre las nubes.
En el medio del patio había un viejo naranjo que abastecía mi pequeña empresa. Alrededor de diez señoras conformaban la lista de mis clientas. Todas las mañanas con un cajón de madera con rueditas que había construido, pasaba casa por casa ofreciéndoles mis increíbles naranjas. Nunca me fallaban, me compraban siempre. Muchas veces algunas que no necesitaban me compraban igual. Eran señoras muy buenas y amables que lo único que no soportaban era que le jugaran con la pelota en la puerta de sus casas a la hora de la siesta.
Por suerte todo sucedió bastante tranquilo. Físicamente no sufrí casi nada. El viernes el médico me diagnosticó cáncer de pulmón, pero fue el domingo si mal no lo recuerdo…sí, fue el domingo a la tarde que decidí pegarme un tiro en el pecho. Realmente me daba pudor no optar por morir como quiero. Con el disparo, quise dejar de respirar para escuchar a mi mente escapando a otro cuerpo. Supongo que lo logré, porque recién me fui a bañar al lago y miré en el reflejo del agua y vi que tengo alas amarillas, mi pecho sin sangre es musgo y canto melodías sin parar. Ahora, solo resta hacer amigos, tal vez decida hacer un viaje; no me acuerdo quién me dijo que un grupo de los muchachos, todos cardenales amarillos, van a ir al este para huir del temporal de noviembre.



J.R

viernes, 11 de diciembre de 2009

La materia de un posible migrante


Tengo tanto que contarte. Quiero explicarte bien por qué las cosas no salieron como lo planeamos. Ya viste que en la vida es difícil trazar caminos de ante mano, porque a cada segundo nuestro andar se va modificando por los antojos circunstanciales del mundo. Yo se que esta distancia puede lastimarte demasiado, pero al menos ahogarse en el agua intentando cruzar el océano me regocija más que caminar lentamente por un puente demasiado tangible. No he nacido para sentirme mediocre, por eso prefiero morir buscando exaltar el destino que me fue concebido, antes que esconderme detrás de una roca sintiéndome sereno.
Sinceramente nunca tuve la certeza que al irme volvería. Vos sabes que siempre me gustó más mirar hacia delante, inventando horizontes para colmar las ansias de mi triste y pobre realidad. Entonces, uno debe salir a buscar un futuro. Futuro que al ser tan lejano, se vuelve improbable; pero en las aventuras de los tiempo de una vida, no podemos ser desestabilizados por la duda. Hay que salir a buscar el cielo que en ni en los propios sueños nos animamos a inventar.
Ahora sé que tenías razón. Que es estúpido buscar una ilusión movilizada por los deseos de adquirir materiales. ¡Pero quién puede ser tan de piedra para no sentir envidia cuando llegan las fiestas y los viejos amigos del barrio aparecen en camionetas nuevas plagadas de placeres! Si la pobreza mas humilde estuviera rodeada de más humildes pobres, seríamos unos pobres decentes. No habría necesidad de depender de nuestra consciencia prosaica que nos enseña a valorar humanos a través de los objetos. Y así fue, yo quería ser como ellos, yo quería despertarte alguna vez con un regalo por tu cumpleaños. Quería sentirme digno, igual a todos, quería sentirme orgulloso de mí mismo y hacer feliz a las personas que amo profundamente. Valoro mucho tu esfuerzo por enseñarme cosas buenas, por mostrarme la magia de las pequeñas cosas, por alimentar mi corazón con tus propias manos de madre soltera.
Al principio fue complicado. Tuvimos que nadar por un pantano hasta llegar a la lancha. Éramos muchos. Estábamos muy apretados, casi sin poder respirar. El señor Rafael fue muy amable con nosotros, nos pedía calma, y nos engañaba diciéndonos que llegaríamos muy pronto. Lo hacía de buena fe, o por lo menos, eso es lo que pensábamos la mayoría. Después de unas cuantas horas, llegamos hasta la orilla en donde había una pequeña playa, piedras y muchos árboles. El calor se cargaba sobre mi espalda pero se respiraba un aire seco, de manera que no sería tan pesado continuar con el camino a pie. Cada quién arreglo sus cuentas con Rafael, y luego de darnos algunas indicaciones, cada uno eligió un camino distinto.
Yo me dirigí hacia el oeste, porque como está el muro, supuse que habría menos vigilancia. Pero como las águilas vuelan a cualquier hora buscando su alimento, cometí un grave error. Hubo quienes eligieron el mismo camino que yo, algunos compartiendo mi estrategia, y otros, confundidos por el miedo sin querer quedarse solos.
Todo fue desierto. Y cuando amaneció conocimos la inmensidad de la sed, la desesperación del hambre, la locura de la supervivencia. Lo que llevada de comida y agua no fue suficiente, ni cerca estuvo de serlo. Y además, muchos decidimos darles nuestras bebidas a las mujeres embarazadas y a los niños.
Afortunadamente llegó la noche para pedirle al sol que nos cediera un instante de cordura.
Nos sentamos en el pie de unos arbustos para dormir algunas horas; aunque la ansiedad no lo permitía, sabíamos que el cuerpo no responde si nos descansa un poco. Esa noche el cielo fue distinto. Había luna llena y las estrellas dibujaron todas las constelaciones. Una gran venda blanca y transparente se posó sobre mis ojos. Recordé mi infancia, cuando me sentaba con mi hermana a la orilla del mar y trazábamos dibujos en el cielo con nuestros dedos hasta empezar a soñar despiertos. Miles de imágenes aparecían en ese abrir y cerrar de ojos. Es justo el momento en que la mente fusiona nuestros matices más agradables del mundo real, y la claridad de nuestros sueños como aire que deseamos.
No sentí el paso de las horas cuando nos sorprendió un nuevo amanecer. Estaba nublado, y eso significaba que tendríamos más chances de llegar sin morir deshidratados.
No tuve otra alternativa que entrar por unos túneles de desagüe. No tuve otra opción que sumergirme en un pantano de barro y excremento. Pensé en vos mamita, pensé en mis hijitos; en ustedes, lo hice por ustedes. Apareció una bifurcación de caminos dentro del túnel y tuve que elegir. Otra vez decidí por el oeste, a esa altura el miedo es tal que uno ya ni puede razonar con claridad, solo sentir y percibir, y todo lo demás deja de existir. A lo lejos vi una luz que aparentaba ser una salida al exterior. Al acercarme escuché ruidos extraños, voces, y algunos ladridos de perros. Vos sabes el temor que les tengo, vos sabes la cantidad de historias que nos han contado; que no te perdonan, que para ellos uno es un animal, ni siquiera eso; es nada. También sabes que no me refiero a los perros. Salí por el agujero pensando que había llegado a destino. De pronto una luz muy fuerte iluminó mi cara, no pude ver nada, solo oía ladridos, voces y gritos en otro lenguaje.
Me dieron veintiséis tiros, diez en la cabeza. Estuve unos minutos besando la tierra y sintiendo como los ojos se me cerraban lentamente. Es un instante que la vida te cede para aceptar que vas a morir. Al principio tuve muchísimo miedo, y por momentos pensé que esa era la razón, sentí que estaba muriendo de miedo. No pensé en Dios, ni en el cielo, ni en el infierno; porque todo era cólera, me daba bronca que ni siquiera pudieran despedirse de mí decentemente. Había pedazos de mi cuerpo por todos lados, sangre que inundaba la ilusión de que me vieras muerto pero entero, sin agujeros en mi cabeza.
La vida me dio muchas oportunidades para escucharte madre, y creéme que quise ver eso que me mostrabas. Creéme que intenté comprender que uno no necesita más que la familia, que un trozo de pan y agua para ser buena persona, para sentirse respetado por lo demás. Quisiera volver el tiempo atrás y llorar en tu falda. Quisiera decirte que me equivoqué, pero que a partir de ahora voy a valorar lo que tengo, y no desear lo que el viento puede llevarse en cualquier momento. Para que quiero un auto, para que quiero dinero, para que quiero ir a otro país si me harán sentir como un esclavo. Si la materia siempre desvanecerá. Solo oigo rumores de aves, y las olas de un mar en calma.
Si tenía mi casita, mi caballo, la serenidad de los gorriones; tenía mi cielo, mi arena, mi árbol y mi sembradora. Si era feliz, si yo siempre fui feliz. No lo entiendo madre, no entiendo por qué nos matan como animales. No entiendo nada de fronteras, ni banderas, ni patriotismos exagerados. Quiero volver el tiempo atrás, aunque ahora esté tirado en el barro, muerto como un perro, y sintiendo como los halcones peregrinos comienzan a devorar mis pedazos.
J.R

lunes, 18 de mayo de 2009

LA ARQUEOLOGÍA DE UNA MENTE URBANA ESTRESADA


Nuestra vida es igual de compleja que nuestras mentes. A veces, necesitamos que la casa de derrumbe para darnos cuenta el valor que le asignamos al ocio natural humano, cuanto descuidamos su estructura interna. La salud no es más que el funcionamiento biológico de nuestros cuerpos. EL problema es que a veces la mente influye demasiado en ese mecanismo, por esa razón el estrés se desenvuelve inertemente como un fantasma que nos sorprende de golpe, alguna noche donde el pecho duele más que nunca. Me preocupa ver que todos somos iguales y que tal vez tengamos que arriesgarnos a morir para ver que hay cosas más complejas que el trabajo, el dinero, los impuestos, las responsabilidades y hasta nuestras relaciones sociales. Los problemas se organizan de una manera jerárquica, todos nos afectan, pero cuando se nos presenta la muerte aunque de manera omnipresente, tenemos que visualizar el punto de la pirámide. La muerte es el fin, y además, es la demostración perfecta de que a veces uno enloquece por pequeñeces que no merecen nuestra más mínima atención.
La palabra prevención parece haber sido olvidada, postergada por razones obvias. O ningún ser humano es digno poseedor de la disciplina de prevenir, o la aceleración de nuestros sucesos diarios hace que no tengamos tiempo de reflexionar sobre nuestros supuestos futuros. Prevención no es solo hacerse un estudio médico, o ponerse una vacuna. Es decir lo que uno siente en el momento preciso. Es reconocer un error en el instante en que uno lo observa. Y también es rejerarquizar nuestros valores vitales.
El corazón es un órgano fundamental para el funcionamiento correcto de nuestra biología. Pero también es un símbolo abstracto que expresa nuestras estaciones del ánimo. El corazón se para por una consecuencia mecánica y errática de alguna de sus arterias, pero también detiene su pulsar porque sabe entristecer como forma de expresión. A eso que a veces se le dice estrés, yo le llamo tristeza. El corazón paraliza cuando ya no siente felicidad, cuando uno olvidó de ser feliz. Los seres que entristecen mueren.
La velocidad de las acciones diarias no puede ser más rápida que el viento. Nuestro tempo personal debe ser revisado aquí y ahora. Es momento de que dividamos nuestras veinticuatro horas en adagios, alegrettos o prestissimos. Correr por correr es ubicar el horizonte en nuestras espaldas.
Dependiendo de la educación y del contexto social y económico en el que uno nace, organizamos nuestra vida de algún modo. Buscamos crecer y educarnos a la par. Vamos a la escuela obligados hasta que reconocemos las razones del por qué uno debe pasar seis horas de su vida en esa institución. Por motivos culturales nos aseguramos de terminar el secundario. Allí debemos tomar decisiones, como por ejemplo, elegir algún camino que casi siempre se bifurca en dos: estudiar o trabajar. Paralelamente nuestro foco de atención más importante está ubicado en el cómo nos relacionamos con las demás personas. En que ámbito nos relacionaremos y de qué modo. Con quien. Allí, aparece el ser multifacético. Aquel que decide trabajar, aquel que decide estudiar (estudiar y trabajar) y aquel que decide no hacer ninguna de las dos cosas. Trabajando se solucionan (en general parcialmente) cuestiones que tienen que ver únicamente con el dinero. Aparece aquel que tiene la posibilidad de estudiar independientemente de las cuestiones económicas. Y luego aquel, que para estudiar debe trabajar. Entonces, ¿absolutamente todo gira alrededor del dinero? Desgraciadamente sí, porque vivimos sumergido bajos las aguas de un sistema horroroso. Elementos como la política, el poder, el dinero, el individualismo, más dinero, el egoísmo y la poca conciencia social hacen de esta ciudad un hábitat sumamente desagradable.
La gente está loca, pero no nació así. La ciudad con sus imponentes edificios y sus discursos políticos trata de mantenernos dominados como perros callejeros. Todo es una fachada horrible, porque aquí lo que está en juego es el dinero. Hay zonas que tienen agua potable, hay zonas que carecen de ella. Hay zonas en donde hay policías de chaleco naranja transitando las veredas y hay zonas en donde la calle es tierra de nadie. Hay zonas en donde viven los ricos y hay zonas en donde viven los pobres. Zonas, zonas, zonas. Basta de zonas.
La locura de la gente no es algo freudiano, ni psíquicamente explícito, es una especie de enfermedad multiorgánica producida por las constantes decepciones que producen la política, el estado, y el sistema. Todo cuesta demasiado. Vivir, trabajar, estudiar, relacionarse con la sociedad. Lo terrible es que el costo no es temporal, no es energético; es económico, siempre terminamos hablando de dinero. ¿Hasta cuando debemos permitir vivir nuestras vidas muriendo cada día? Es terrible ver a la gente como va postergando sus sueños hasta el punto de borrarlos de sus planes.
Hasta aquí he llegado. He decidido ser yo, y que me toque ser alguien porque quiero ser ese. El que quiera ser médico, bombero, verdulero, periodista, banquero, recolector de basura, que lo sea, esas seran sus profesiones. Yo voy a escribir y voy a hacer música. Y si tengo ganas de pintar una pared de color naranrojiverdeazulado lo voy a hacer, aunque ese color no exista y aunque no tenga pinceles. Me voy a alimentar de sueños, de música y de expresiones que el arte es capaz de darme, la caca que coma será solo para que mi cuerpo siga funcionando. Porque voy a morir, como vos, como él y como todos. Puedo morir ahora, mañana o dentro de cincuenta años, eso tal vez yo no lo decida. Pero si hay algo que ya decidí; ¡Que voy a vivir como quiera carajo!



J.R


martes, 17 de marzo de 2009

LA EDUCACIÓN DE LA SOLEDAD

Estoy cansado de que me cagues. Cansado estoy. No puedo estar todo el día atrás tuyo, simplemente no puedo. Ya se, te vas a quedar callada como siempre, y con esa cara de tierna inocente vas a venir cuando menos lo espere, y vas a apoyar tu cara sobre la mía, me vas a dar un beso y vas a creer que ya te perdoné.

A veces no entiendo como tus aguas de la comprensión se filtran en las de la injusticia. Yo que te elegí, y vos sabiendo que en el fondo a pesar de todo te amo, y te alimento a cada segundo.

El otro día estabas triste, me di cuenta. Yo se que de vez en cuando te gusta salir, pasear por ahí, pero viste como tengo la pierna, el médico me dijo que todavía no es bueno salir. Sabes que cuando René me va a cobrar la jubilación, le pido que compre algo para retribuirte con algún regalito. Yo entiendo, uno no elije a los padres, pero sos lo único que tengo. ¿Que objetivos puede tener un viejito de setenta y cinco años….?

Sos lo único que tengo, lo único que me queda. El otro día cuando enterramos a mama sentí que ya no quería seguir viviendo. Ella era tan buena. Nos faltaba tan poquito para las bodas de oro. Me acuerdo y me pongo así. Pero después me recompongo porque te tengo a vos, porque educarte me hace recordar a mis años mozos de buen padre. Ya me voy a poner bien y te voy a llevar a pasear por la plaza.

A pesar de lo que digan, yo se que vos me escuchas atentamente cuando te hablo, que entendés perfectamente lo que digo. Entonces te pido que no cagues más en la cocina. Ya te enseñe a hacerlo en el diario viejo que puse al lado de tu canastita.

Aunque seas cachorrita, tenés que dormir en tu camita y hacer caquita en tu bañito.




J.R

jueves, 12 de marzo de 2009

ADIVINA ADIVINADOR: ACTO FALLIDO

Viernes 7 pm, hora pico en las peluquerías…

No lo puedo creer, volvió. Después no quiere que lo maten. Me busca todo el tiempo, desde hace meses, sobre todo cuando cae la tarde y la noche comienza a asomar. Por momentos se aleja de mí, pero se que en cualquier momento puede regresar. Me pregunto si se percatará de que ese es un terrible acto de histeria. No, no creo, porque de “acá” es tan vacío que ni creo que pueda tener capacidad intelectual para darse cuenta de esos histeriquéos que no soporto. Es lo peor que me pueden hacer en la vida. Que sí, que no, que sí, que no. Encima ahora esta de moda que la mujer se encare al tipo, no lo puedo creer, como cambian las modas boluda, ¿no?

Otra vez. Me esta buscando sin parar. No me deja en paz este bicho. Mira…es feo, encima no hace nada, son todos iguales. Son tan parecidos. Si, ¿no te parece? No ya se, salvando las distancias, ¿no te parecen parecidos? A los hombres, ¿a quien va a ser? Yo vendría con un extinguidor y los mataría a todos…No, no estoy loca, pero son insoportables, además vienen, te pican y se van, vuelven, te pican y se van, todo los hombres son iguales. Te sacan sangre a mas no poder, así son los hombres...¡Claro claro! Seguramente a vos nunca te toco un Juan Pablo, que estaba todo el día tirado fumando marihuana, no trabajaba, no hacia nada y encima siempre le tenia que andar pidiendo plata de más a mi papá para mantenerlo. Y para colmo era músico y se la pasaba escribiéndole canciones a otras minas. ¡Uy que histérico! ¡No lo soporto!

Todas las temporadas dicen que van a fumigar pero viste...la verdad, no parece…

Ahí lo tenés en la pierna. Ahí.
Lo maté.
No, esta vivo…
¡Pisálo! ¡Pisálo!
¡gsrspppshhh!

Esta lleno, y encima con el calor…Mira toda la sangre que me saco…Por eso odio a los hombres…digo…a los mosquitos...

miércoles, 11 de marzo de 2009

EL PADRE PELUQUERO

Nino cierra al mediodía y después de su inviolable siesta vuelve a abrir a las cuatro. Hace más de veinte años que heredó esa peluquería que aprendió a querer y que en un principio supo odiar. Ubicada en la esquina de Avenida Francia y Riobamba, es un espacio obligado para los chicos que empiezan las clases y sus madres decididas a parecer buenas madres los llevan a hacerles el peor corte del momento, si de gustos personales hablamos. Yo les haría otra cosa, que se yo…
Cuando se acerca el fin de semana, aparecen algunos coquetos que bastante envejecidos buscan la esperanza en el renacimiento capilar. Nino los conoce a todos, sus mañas, sus idiolectos, y por eso se adapta a cada uno de ellos, por circunstancias obvias, parte del trabajo del peluquero es entretener al cliente, conversar, ubicar un chiste tras otro, chistes de salón uno tras otro.
Los viernes cierra temprano y se da una escapada hasta el supermercado. Atraviesa el cementerio El Salvador y va pensando cuantas monedas puede gastar de más, a ver si esta tarde se puede comprar ese wiskycito que tanto anhela, pero que tanto cuesta.
Los precios subieron respecto a dos viernes atrás, con lo justo compra el de siempre. Cuando llega se prepara una vaso sin hielo (si no, no tiene fuego), pone algún partido (no le gusta el fútbol, pero es un gran hilo discursivo para lo clientes, tiene que estar actualizado) y en la mitad del segundo tiempo comienza a quedarse dormido. Telefonea a su hija, ella se esta divirtiendo con sus amigas en algún bar, pero el quiere saludarla y saber que esta bien, y llevar tranquilidad de padre a su cama. La ama mucho, a veces demasiado, eso produce un poco de ofuscación en Lucía. Los adolescentes son así le dicen las vecinas para consolarlo, no hay que estarles todo el día encima Nino, vos sabes como son. Once en punto, repasa los poemas que mas le gustan de un libro de Benedetti que le presto un cliente, extraña a su mujer, la extraña mucho y se duerme.

Todas las madrugadas a Nino lo despierta el mismo sueño. Esta pescando con su hija y su mujer, tropieza con una piedra y cae al río; comienza a ahogarse y desde el fondo ve la cara de su madre retándolo porque no hizo la tarea. Cuando esta por morir despierta. Agobiado, empieza a transpirar y siente mucha pena. Baja a tomarse un vaso, mira algunas fotos viejas y cuando sus ojos vuelven a cansarse regresa a la cama.
Esa noche despertó escapando de la misma muerte de siempre. Bajo por el vaso de agua y escucho algunas voces murmurando. Venían de la habitación de Lucía. Se sentía muy cansado, y estaba triste, muy triste estaba. Eso podía alterar su audición, así que se acerco a la puerta y apoyo levemente su oído sobre la madera. Su hija gemía de placer. Un hombre la estaba satisfaciendo sexualmente.
_Así, me gusta, me gusta mucho, por favor no pares…Un poquito mas abajo, así…me encanta, me estas matando, ¡que bien que me la chupas por dios!
Pensó en entrar y matar a ese tipo. A ese hijo de puta que le estaba haciendo sexo oral a su hija de apenas veinte años, que se la estaba arrebatando de sus brazos, de sus propios brazos de padre. Escuchaba todo, ya no quería oír más, se quería ir, en realidad no, quería quedarse porque no podría volver a su cama pensando que su hija estaba ahí con ese depravado que la estaba violando, sí, la estaba violando. No es que la estaba violando literalmente, pero sí, para mí la estaba violando. Es una nena, es mi nena. Como se atreve este pendejo de mierda a ser tan osado en mi propia casa, con mi hija. Mi nena. Pero ella también tiene la culpa porque…No puedo creer lo que esta pasando, como puede ser tan insolente ese hijo de puta. La culpa es de ella porque es una atrevida…en mi casa. En la propia casa de su padre que la ama, es lo único que tengo, (¿por qué?) -se preguntó muy angustiado-
Bajo las escaleras lentamente, pensó que no era su culpa, la ausencia de su madre había sido fundamental en la vida de Lucía. Nino lo comprendía, porque la ausencia de su mujer y también la de su madre habían sido fundamental para él. En su sueños, ya no podía escapar ni de sus sueños, así que baje a la peluquería, tomé la navaja mas filosa, me senté en la silla nueva y me corte el cuello. Sí, me corte el cuello porque no puedo soportar otra ausencia. Se me cierran los ojos, me siento cansado, me gustaría decirle a Lucía algo, pero ella ya no me quiere, me abandono. Se me cierran los ojos, me siento cansado. Otra vez estoy pescando, otra vez me tropiezo y…me tropiezo y…me tro…p…i…e.

J.R

lunes, 6 de octubre de 2008

Lápiz gastado

El silencio ha llegado, se instaló por unas horas, solo quedan ruidos intermitentes de autos que circulan relativamente cerca, a solo algunas cuadras de allí. Ella escribe. Nunca nadie le enseñó a escribir, aprendió sola, como muchas tantas otras cosas. Jamás le interesó conocer los lenguajes modernos vinculados a los mensajes de texto y simplificaciones de televisión; “pereza ideológica” escucho decir en una de las charlas que organizan los muchachos del barrio, sus únicos amigos, algunas noches.

En sus primeros años de escritora, su mirada estuvo en sus propios relatos de vida, como una cronista juvenil que narra su historia en personajes que imagina o que quiso desear imaginar. Con el correr de los años, sus letras comenzaron a cambiar, tal vez la letra personal sea una armonía en octava del recorrido histórico de la vida de uno mismo. Con el tiempo todos los sujetos que hacen arte cambian, cambian sus ideas, la forma de expresarlas, cambian sus deseos, cambian hasta sus ganas de crear, porque su personalidad común y cotidiana se va fusionando lentamente con la personalidad artística del mismo sujeto. La persona cotidiana y el artista están juntos guardados en un mismo armario, cuando el sujeto es adolescente se viste con el traje que debe ponerse para cada momento. Pero cuando va creciendo, la remera está hecha de persona y el pantalón de artista. Por eso es alucinante ejercer las artes, pero muy conflictivo también. No es fácil aceptar ni esa remera ni ese pantalón, muchas veces a los pintores de cielos, jilgueros humanos, captadores de momentos; les gustaría vestir de pijama y pantuflas, para liberar un poco la mente, tan presionada por el corazón que obliga a crear constantemente. Liberar la mente de lo que se conoce como Inspiración; pero de eso no se puede escapar, la inspiración domina cualquier corazón. “Será que la lucidez es un rayo que raja las pieles de cada uno de nosotros, un rayo que se propone abrirnos la mente para que ingresen esos vientos tan afinados que producen la creación como tormentas juveniles. O será que nos pasamos la vida tratando de imitar esos años vírgenes de dolor y blindados contra la desesperanza. Tal vez, el arte sea como el amor. Nos enamoramos una vez, no advertimos ese amor ni lo apreciamos, lo subestimamos, y después nos pasamos la vida tratando de imitarlo, buscamos identificamos, comparamos, de eso se trata, comparar. Como histéricos necesitados de castigos, como queriendo castigar el extremo singular, nuestro acceso al aura”, fue lo ultimo que Anita Machado escribió en su diario.

Desconfía de dios bastante seguido. Viene de una familia atea y escéptica en nociones generales, del espíritu y de la realidad, para ellos, el alma se ampara en el desierto personal, se nutre de la realidad y de la experiencia, “solo creo en mi” recuerda decir a su padre tambaleándose con los ojos color sangre, aunque, lo poco que le enseñaron fue arrastrado por las aguas del tiempo.

Hace años que Anita Machado se mudo a zona oeste. Eligió esa comarca por el barrio, familiero de día, solitario de noche. La tranquilidad se desprende de las cuatro plazas, concentración de escuelas primarias, mateadas de parejas y vendedores de flores y otros productos adaptándose a la fecha. Lugar de mercaditos, cerrajerías, panaderías, kioscos, talleres mecánicos; trabajadores de barrio para comercios de barrio. Las oriundas calles no conocen esos ruidos tan humeantes de los colectivos, para eso esta Mendoza o San Juan, carreteras que funcionan como arterias comunicativas con el centro. Durante el día hay silencio, durante la noche, mucho mas silencio. Anita ya conoce esas mañas naturales, y por eso su creatividad literaria solo se gesta cuando la luna conquista los cielos, será porque de día trabaja, (a veces también trabaja de noche) o será que cuando llega la noche es el instinto feroz que la convierte en depredadora de ideas, en maquina de hacer voces.

Su despertar lo deciden los chicos que van llegando para entrar a la escuela. También los pequeños comercios, que abren sus puertas cada día soñando vender más que ayer. Anita prefiere el verano, aunque tenga poco trabajo, los chicos están de vacaciones y puede dormir hasta tarde postergando su labor hacia el atardecer. Cada mañana toma su coche y sale a buscarse el pan. En cada esquina, en cada rincón, en cada desecho familiar hay un motivo para que Anita Machado consiga realizar sus obligaciones diariamente. Es independiente, puede faltar las veces que quiera, aunque sabe que no puede aprovecharse mucho, porque su sueldo, como el de la mayoría de los que están en negro, es proporcional a las horas que trabaje.

Los vecinos ya la conocen, creen conocerla, o dicen conocerla. Mitos barriales adornan su historia de vida, chismes de peluquerías y chucherías de puertas y silletas acompañadas de mates y facturas. Algunos afirman que era una mujer hermosa y que una tarde su marido la encontró en la cama con un tipo y que le pego tanto que casi la mata, y que después de eso, la dejo sin nada. Otros dicen que se volvió loca después de enterarse que su marido había derrochado todo en los caballos (que inclusive apostaba en una mesa de cartas los sábados por la noche). También están los optimistas que comentan que Anita dejo a su marido y se fue con un tipo y que éste muchacho la dejo por una pendeja, la hija de Tita Pendica, una vecina a quien Anita le hacía los mandados y a cambio la señora le barría la vereda día por medio.

Anita Machado viene de una familia humilde, su madre era maestra de tercer grado, enseñaba lengua en la escuelita del viejo barrio donde vivía, en la zona sur, al límite con Baigorria. Su padre era un vago. Se pasaba todo el día en el antiguo club Aurora, a unas cuadras de su casa, apostando y emborrachándose con sus amigos. El club de bochas que fuera orgullo del barrio por ser cuna de la dupla campeona interprovincial de Bochas año 1962, pasó a ser un ingrato recuerdo de los brillantes días en que el deporte y las distracciones hicieron del recinto un sitio de agrado para convertirse en un refugio de jugadores, tahúres, embaucadores, y dios sabe que más.

Siempre eran los mismos, el viejo Julio, Pirulo y el dueño del buffet, el manco Carlitos, aunque a veces aparecían otros señores buscadores de azar de otros barrios y se armaban épicos partidos que luego se comentaban anecdóticamente en los asados de los viernes. Horas y horas jugando a la casita robada y apostándolo todo, mientras la cerveza fomentaba el orgullo ilusorio ganador de los señores soñadores. Ese orgullo que aumenta cada vez más a medida que las derrotas se acumulan, mientras más se pierde, más se cree poder ganar.

Dicen que el viejo Julio en una época tenía una gran heladería artesanal, a pocas cuadras del club, pero que una noche, en una de esas rachas adversas lo apostó todo, y así, lo perdió todo. En una de las manos más terribles y cargadas de la noche, el viejo apostó la receta del Sambayón que había traído su abuela después de la segunda guerra mundial en un barco lleno de inmigrantes. La heladería de Julio se llamaba “La Samba de John”, por el famoso Sambayón artesanal que hacía la heladería y por su fanatismo hacia Lennon.

Tito tenía un nieto que jugaba al futbol en las divisiones inferiores de Newell’s, era el orgullo de la familia. Este muchacho apostó el pase del pequeño promesa. Su familia lo desheredó después de esa tarde de borrachera cuando pensó que tenía el partido ganado.

Anita recuerda los años de niñez como momentos desagradables de su vida, aunque siente mucha nostalgia por no haber visto nunca más a su madre y a su hermana. Tuvo que escapar, tuvo que huir de su hogar para encontrar un verdadero hogar. Todo lo que sabe, lo aprendió de la naturaleza, de las matemáticas cotidianas obligatorias y esenciales, de las relaciones educativas directas que se renuevan en una sociedad, de su grupo de amigos, que a pesar de no verse tan seguido, desde hace tiempo se juntan a despedir el año, rogando por tiempos mejores mientras trozan el pan dulce. “Hoy esta fresco” o “como anda esa tos” son los hilos discursivos mas frecuentes que mantiene con los vecinos del barrio.

Desde hace mucho tiempo, en el patio de una de las escuelitas del barrio, se hacen encuentros literarios organizados por Gloria, una de las maestras del colegio. Una gran olla de mate cocido y pan casero, lecturas de cuentos y poesías inician los encuentros, y después, una hora de debate a tema a abierto. La lista de asistencia es muy variada, chicos que recién empiezan a escribir, vecinos, algunos maestros y maestras de la escuela, y también dicen presente varios mendigos que disponen de tiempo y utilizan ese momento para disfrutar de la merienda. Serán alrededor de quince, o veinte todos los viernes. Una vez, llegaron a ser como cincuenta. El dueño de la panadería mas conocida del barrio, Don Miguel, gano la lotería y dono siete docenas de facturas. El boca en boca de los peregrinos callejeros no se hizo esperar y se acercaron más de cuarenta y pico para compartir esa memorable tarde.

La reunión comienza cuando Gloria pregunta quién quiere leer algo, enseguida alguien se ofrece y le ceden la palabra. Generalmente los que leen sus creaciones son siempre los mismos, eso no significa que los demás no escriban, sino que, aunque Gloria siempre los incentive a leer, a muchos les avergüenza mostrarles a todos lo que hacen. El hecho de hacer público un arte personal para algunos es muy especial, como una especie de rito donde predomina el temor a la desbastadora crítica facilista que ejerce cualquier boludo sin respetar el amor que el artista tiene de su hijo, su tesoro mas preciado, su obra.

Hace más de veinte años que Gloria disfruta de su profesión. Le encanta trabajar con chicos, sobre todo, con aquellos niños indisciplinados a quien sus padres tienen casi abandonados, a la deriva del destino. Su método es el dialogo constante, desestima los castigos, ella dice que lo que aprendan los chicos muchas veces queda de lado, piensa que para que ellos sepan aprender hay que saber enseñarles. Lo que más le enoja es que se copien en las pruebas, y sobre todo, que falten. Los otros maestros están convencidos de que Gloria debe ser la directora, por su dedicación y amor a los chicos, amor retribuido, porque ellos también la quieren mucho.

Para Anita, Gloria es como su segunda madre…o la primera. De la mano de ella, Anita aprendió a escribir, a compartir y a deshacerse de sus dolores, de querer y de también sentirse querida, respetada, consolada.

Su carrera como escritora empezó desde pequeña, sin métodos ni teorías literarias, sin incertidumbre intelectual ni búsqueda de un futuro mejor. Anita escribía diálogos que escuchaba, o lugares que veía, plazas, bicicletas, comidas, o simplemente su hogar, sucesos de gente común en lugares comunes. Siempre desde la mirada de una pequeña niña que adquiere conocimientos y experiencias de todo lo que sucede a su alrededor, la mirada de una niña que lo observa todo y también lo cuenta todo, como una periodista juvenil, como una cuentista adulta.

Alguna vez escribió: “había una vez una nena, María, que se sentía sola, muy sola. Un día llego a su casa muy tarde. Estaba asustada, porque sabía que sus papás podrían estar preocupados por ella. Al llegar, entró despacito para evitar llamar la atención. Llegando a su pieza para acostarse rápido y que nadie la viera, escucho a su madre gritar con prudencia y a su padre murmurando. Fue a ver que pasaba. Cuando entró a la pieza de sus padres, lo primero que vio fue a su madre llorando en un rincón, acurrucada por el terror. Terror que su padre evadía por la perversión, su padre, símbolo de amor y cuidado, de supuesta protección natural hacia sus hijas, estaba metiendo su mano entre las piernas de su hermana, y la acariciaba por todo el cuerpo. Ella solo decía “para papá”, pero su padre no solo la seguía tocando sino que también le sacaba la ropa lentamente. María pensó en decirle que dejara a su hermana tranquila, también deseo hacerle daño, mucho daño, al ver a su hermana casi vencida tratando de defenderse, mientras su papi le tapaba la boca para que se callara. María no tuvo miedo, porque ya había visto que su padre había hecho lo mismo con su mamá alguna vez. Así que corrió, corrió lo más rápido que pudo y nunca más quiso volver a su casa. María fue feliz, se hizo amiga de los gorriones y de los árboles.”

Anita Machada ya se jubiló. Tuvo que abandonar su profesión, esa que eligió por descarte, escapar de su casa y vivir en la calle de ilusiones y de restos de comidas ajenas, o quedarse en ese hogar que su padre, a causa del alcohol transformaba en un infierno.

Nunca pudo conocer el circo; el mar, un beso con amor, la puntualidad, un vuelto de más, una reunión de padres, un despertador, un cumpleaños feliz. Jamás pudo quejarse de alguna comida mal condimentada, de una cama sin hacer. Solo conoce la estimulación, los códigos sociales, mendigar para comer, sobrevivir para entregarle al corazón el oxígeno necesario para bombear la sangre suficiente que los pulmones exigen en el esquema imperfecto de la biología humana, biología desigual que no entiende nada de relaciones sociales, que no discrimina el acceso que cada uno tiene al obligatorio nutrimento. Esos sistemas digestivo e inmunológico que desarticulan las conciencias en beneficio de su supervivencia. Si no existiera el hambre, no existiría la desnutrición.

Ya no recuerda su infancia. Su futuro que se aleja día a día de lo eterno, se concentra en los encuentros que Gloria hace en la escuelita, allí se siente escuchada y respetada por su maravillosa prosa, y por lo menos, se asegura la comida de los viernes. Cada fin de año, con sus amigos, esos mendigos que duermen en camas improvisadas en los banquitos de las cuatro plazas, junto a la suya, se reúnen para despedir el año. Lo festejan con pan dulce, vino y algo que los vecinos puedan contribuirles. A las doce en punto, se sorprenden como cada treinta y uno de diciembre, de los fuegos que pintan el cielo y se ponen a adivinar de qué color serán esta vez.

La calle le enseñó a sumar, a escribir y a odiar a dios cada vez que el frío de julio le lastima la piel, donde lo caliente se entibia rápidamente cuando su sangre emerge de su cuerpo para convertirse en su única compañera, su espíritu santo en su mundo maldito. Anita la mendiga, la vagabunda, la callejera, la del carro, Anita Machada, ahora, solo Anita, la que pide mientras las vecinas más chismosas se preguntan que escribirá día y noche en esos diarios viejos, con ese lápiz gastado.



Julián